El verano que llegó antes de tiempo

Junio de 2025 fue el mes más cálido en España desde que existen registros y el de mayor anomalía térmica jamás medida. La serie histórica ya no describe una excepción, sino una tendencia. Frente a ese horno, nuestras ciudades necesitan urgentemente más árboles y más islas verdes.

Hay un viejo recurso del cine de Alfred Hitchcock que explica mejor que cualquier informe lo que está ocurriendo con el clima. El maestro del suspense lo resumía con una imagen doméstica: un grupo de personas charla alrededor de una mesa mientras, debajo, una bomba avanza hacia su detonación. El público lo sabe; los personajes, no. «No hay terror en la explosión, solo en la anticipación de la misma», venía a decir. Esa es exactamente la sensación que deja la lectura de la última serie histórica de la Agencia Estatal de Meteorología: sabemos lo que hay debajo de la mesa, y seguimos conversando.

Los números no admiten lectura tibia. Junio de 2025 alcanzó en la España peninsular una temperatura media de 23,7 °C, 3,6 °C por encima del promedio del periodo de referencia 1991-2020. Fue el junio más cálido desde que arranca la serie, en 1961, superando en casi un grado al anterior récord, el de 2017. Por primera vez, la media de un mes de junio rebasó la que suelen tener julio y agosto, los meses propiamente estivales. AEMET lo definió como el mes más anómalamente cálido jamás registrado en el país.

No es un dato aislado que se pueda guardar en un cajón. Los once años más cálidos de la serie histórica española pertenecen al siglo XXI. Aquel verano de 2025 terminó siendo, en su conjunto, el más caluroso jamás medido, con tres olas de calor y máximas que rozaron los 46 °C en Huelva. Y la primavera de 2026 ha vuelto a adelantar el calor sobre el calendario, con avisos de la propia agencia que hablan de episodios «extraordinariamente cálidos para la época». La estación cálida, advierten los meteorólogos, ni empieza cuando solía ni termina donde acostumbraba.

Luis Buñuel, que escribió en Mi último suspiro una frase que parece pensada para este momento: «En alguna parte, entre el azar y el misterio, se desliza la imaginación, la libertad total del hombre». El aragonés hablaba del territorio fértil de lo imprevisible. Pero el clima de estos años ya no es azar ni misterio: es un patrón. Lo que antes atribuíamos a la caprichosa lotería meteorológica  se ha convertido en lo esperable. Y cuando lo excepcional se vuelve norma, deja de ser imaginación para ser advertencia.

Frente a un calor que ya no espera al verano, la pregunta deja de ser solo cómo frenar la causa y pasa a ser también cómo habitar la consecuencia. Y buena parte de la respuesta está, literalmente, sobre nuestras cabezas. Nuestras ciudades, pavimentadas y desarboladas, se han convertido en hornos: el asfalto y el hormigón absorben el sol durante el día y lo devuelven por la noche, en el fenómeno que los climatólogos llaman «isla de calor urbana». Una calle sin sombra puede registrar varios grados más que un parque a pocos metros.

La medida más eficaz y más antigua que existe contra ese horno es también la más sencilla: el árbol. Una ciudad con un arbolado denso y bien distribuido no es un capricho ornamental, sino infraestructura de salud pública. Las copas interceptan la radiación solar, refrescan el aire por evapotranspiración y rebajan la temperatura de las calles que cubren. Plantar y cuidar árboles en las aceras, multiplicar las alineaciones y proteger los ejemplares adultos  debería figurar en lo más alto de cualquier agenda municipal.

Junto al arbolado, las ciudades necesitan multiplicar sus islas medioambientales: parques, corredores verdes, jardines de barrio y plazas con suelo permeable y vegetación que funcionen como pequeños oasis térmicos repartidos por la trama urbana. No basta con un gran parque en la periferia; hace falta una red capilar de refugios de frescor a la que cualquier vecino pueda llegar caminando, especialmente los más vulnerables: mayores, niños y quienes no tienen un hogar bien climatizado. Cada zona verde es, además, un sumidero de agua de lluvia y un reducto de biodiversidad en mitad del cemento.

Adaptarse no exime de actuar sobre las causas, pero es la parte del problema sobre la que un ayuntamiento, una comunidad o un vecindario sí pueden incidir mañana mismo. Donde antes pusimos plaza de aparcamiento, podemos poner una hilera de plátanos de sombra; donde dejamos un solar, podemos abrir un jardín. La diferencia entre una ciudad invivible y una ciudad habitable  puede medirse, dentro de muy poco, en metros cuadrados de copa de árbol.

Volvamos a la mesa de Hitchcock. La bomba sigue ahí, avanzando, y nosotros seguimos discutiendo sobre si el tictac que oímos es real o una exageración alarmista. La serie histórica de junio nos dice que ya no estamos anticipando la explosión: estamos dentro de ella. Y mientras tanto, lo más sensato que podemos hacer es plantar sombra antes de que apriete el próximo verano, que llegará, como ya es costumbre, antes de tiempo, pero mientras tengamos políticos que miran para otro lado, que no leen los datos por sus posicionamientos políticos para ganar votos la gente cada año aguanta peor el calor. Porque hay algo profundamente berlanguiano en discutir si el termómetro miente mientras el asfalto se reblandece bajo los cuarenta grados de junio.

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